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La interpretación patrimonial intercultural
Dicere • ISSN 2954-369X • DOI: https://doi.org/10.35830/dc.vi4.63
zaciones e imperios en la antigüedad- tendían al
etnocentrismo. Esta característica es muy clara
en los reportes de los viajeros, los explorado-
res y primeros etnógrafos que encontraban que
muchos grupos se llaman (en su propia lengua),
“los auténticos humanos”, para diferenciarse de
sus vecinos, especialmente si tienen relaciones
tensas con ellos. Los griegos y luego los ro-
manos hablaban de la “verdadera civilidad”,
la suya, en oposición a los pueblos “bárbaros”
cuya humanidad era puesta en duda.
Es esa tendencia, previa a la reexión an-
tropológica, pero que ha pervivido en muchos
sectores hasta la fecha, es una de las razones que
explican los conictos interétnicos: cada cultura
reivindica los valores propios como los auténti-
cos. Y en el caso del colonialismo, no sólo los
reivindica, sino los impuso muchas veces con
lujo de violencia a otras culturas. Como señala
Kottak,
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la visión opuesta es la del relativismo
cultural, no como posición moral sino como
convicción académica (que tiene, por supuesto,
consecuencias éticas y políticas). Implica tratar
de entender las prácticas culturales de otros gru-
pos en sus propios términos, no juzgándolas por
su parecido o distancia a las nuestras. Pero esa
postura no es la común en muchas comunidades
locales. Sin una intervención antropológica, la
capacidad de apertura a una visión más amplia
quizá depende de la proporción al número de
contactos no violentos de esa comunidad con
otras culturas; de su disposición y voluntad a
entenderlas y, al menos en principio, respetarlas.
De no haber una intervención antropológica
o una reexión surgida en la comunidad, todas
pareceríamos estar cubiertos por el velo de la
cultura propia; y yo añadiría, siguiendo a Fou-
cault,
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su propio tiempo: entiende sus valores,
pero no siempre los de otros grupos o épocas.
Estos valores pueden incluir, y de hecho lo
hacen, las formas de reconocer como impor-
tante o digno de conservarse y transmitirse a
otras generaciones. Es decir, las valoraciones
patrimoniales. Y de ahí surge la dicultad real:
¿qué sucede si esos valores, obvios para la co-
munidad local, no lo son para las personas de
otras culturas? Eso es clave, especialmente si
esperan que lleguen turistas, a quienes ahora
invitan a visitar y disfrutar de su patrimonio.
Regreso al ejemplo brevemente enunciado
antes: el de la Basílica de la Virgen de Guada-
lupe. Para una persona que viene, por ejemplo,
del Japón, explicarle la importancia de la basí-
lica no va a funcionar si sólo se les dice que es
“el hogar de la morenita”, “nuestra señora del
Tepeyac”, la que “le hizo un regalo de rosas
que se impregnó en la tilma de san Diego”, o
que es “nuestra patrona”. Intente quien nos lee
ponerse por un momento en el papel de una
mujer de Tokio, con poco conocimiento sobre
la cultura mexicana, y quien, aconsejada por
su hotel, decide visitar por su cuenta la basí-
lica. Si su guía impresa no es sensible a las
diferencias culturales, la visita seguramente
será parcialmente un fracaso, no muy distinto
al mío, cuando visité por primera vez un templo
sintoísta en Tokio sin otro apoyo que mi guía
impresa. Los templos, el espacio, los colores e
incluso los olores eran espectaculares, así como
sorprendentes y quizá hasta conmovedoras las
delicadas acciones de los creyentes. Pero fuera
de esa percepción inicial, no entendí mucho más,
salvo que el fervor religioso tiene más de una
manera de expresarse.
Este problema, como se verá, no se limita
a las comunidades locales rurales o pequeñas.
De hecho, en ellas se empeora, porque en las
grandes ciudades suele haber mayor cantidad
de gente que ha accedido a una experiencia
“cosmopolita” y que, en consecuencia, puede
ser sensible a esas dicultades y proporciona
guías competentes al respecto. Mientras más
separada de la cultura hegemónica urbana esté
la comunidad, es posible que le sea más difícil
compartir su patrimonio con personas de otras
culturas. Y las cosas se complican cuando lo que
está en juego son distintas macro-tradiciones
culturales, como la occidental, la oriental, la